Quizás
Hace muchos años, vivía un campesino en un pequeño valle junto a su hijo.
Trabajaba la tierra con paciencia, día tras día, ayudado por su caballo y su hijo.
Aquel caballo era mucho más que una herramienta: le servía para arar, para transportar las cosechas y, a menudo, también le hacía mucha compañía.
Una mañana, el caballo se escapó.
Al enterarse, los vecinos fueron corriendo a su casa:
—Es una desgracia. ¡Qué mala suerte!
El campesino los miró con calma y respondió:
—Quizás.
Los vecinos no entendían al campesino. ¿En qué mundo vivía?
¿Acaso no veía la gravedad de lo que estaba ocurriendo?
Al cabo de unos días, el caballo regresó.
Y no volvió solo: traía consigo una yegua salvaje.
Los vecinos, admirados, exclamaron:
—¡Qué suerte! ¡Ahora tienes dos caballos!
Y él, con la misma serenidad, dijo:
—Quizás.
Su hijo, entusiasmado, quiso montar la yegua para domarla.
Pero el animal era indómito y lo hizo caer.
Quedó gravemente herido, y los médicos dijeron que cojearía para el resto de su vida.
Los vecinos, compadecidos, vinieron a decirle:
—Lo sentimos mucho. Tu hijo ya no podrá ayudarte como antes. ¡Qué mala suerte!
El campesino, con voz suave, respondió:
—Quizás.
Una vez más, los vecinos estaban convencidos de que aquel hombre no veía la realidad.
Una semana después, estalló una guerra en el país.
Todos los jóvenes del valle fueron llamados a luchar,
todos menos su hijo, que en ese momento ni siquiera podía apoyar el pie en el suelo.
Los vecinos, con los ojos humedecidos, dijeron:
—¡Qué gran suerte!
Y él, simplemente, respondió:
—Quizás.
Con el tiempo, algunos de aquellos jóvenes no regresaron.
El campesino, pese a la tristeza, siguió trabajando con su hijo,
que había aprendido a enfocarse en lo que sí podía hacer.
Y cada vez que sucedía algo —fuera lo que fuera—,
recordaba cómo todo cambiaba de significado con el tiempo.
Lo que un día parecía un desastre se convertía en bendición,
y lo que parecía una victoria podía ser solo el comienzo de un aprendizaje difícil.
Comprendió que nada es bueno ni malo por sí mismo:
lo que cambia es la mirada, el contexto, el momento.
Y que la vida, a menudo, sabe más que nosotros.
🌿 Reflexión final
Quizás lo que hoy no entendemos
es precisamente lo que nos abre el camino de mañana.
La mente pone etiquetas;
la vida, en cambio, solo se despliega.
Cuando dejamos de llamarlo “buena suerte” o “mala suerte”,
empezamos a ver el misterio.
🌱 Mirar el momento
¿Recuerdas alguna situación reciente que en su momento juzgaste como “mala suerte”?
¿Qué parte de ti necesitaba que las cosas fueran diferentes?
¿Qué esperabas que ocurriera?
👉 Estas preguntas abren la puerta al reconocimiento de la expectativa, del deseo de control o del miedo a perder algo.
🌬️ Observar la mente y el juicio
¿Qué sientes cuando la vida no responde como esperas?
¿Qué voz dentro de ti quiere poner una etiqueta rápida: “esto está bien” o “esto está mal”?
¿Qué pasaría si pudieras mirar lo que ocurre sin llamarlo de ninguna manera?
👉 Ayuda a reconocer el impulso de la mente a juzgar y la posibilidad de abrir un espacio de observación más amplio.
🌞 Confianza
Si miras hacia atrás, ¿puedes recordar una situación que en su día parecía un problema y con el tiempo se reveló como una oportunidad o un aprendizaje?
¿Qué te enseña eso sobre la confianza en la vida hoy?
¿Podrías permitirte no saber para qué sirve lo que estás viviendo ahora?
👉 Estas preguntas llevan a integrar la experiencia, conectar con el sentido y abrirse a la confianza profunda.
✨ La clave no es encontrar respuestas perfectas,
sino permitir que cada pregunta te acerque un poco más al silencio desde donde la vida se entiende sola.
